INTRODUCCIÓN
No soy fotógrafo sino escritor, aunque sea para mantener la negación primera. Lo cierto es que llevo ya algunos años acumulando encuadres fotográficos captados con un instrumento hoy un tanto rudimentario, mi móvil, escenas conseguidas sin mayor preocupación técnica, pero que una vez descargadas en mi ordenador y contempladas con detenimiento descubro que son fruto de una mirada personal sobre las cosas, mía, muy mía, quizá sin interés e incluso anodinas para los que más. Desecho muchísimas, por torpeza mía sobre todo, fotos tomadas de manera espontánea o sorpresiva en mi deambular cotidiano, mientras voy o vengo, estoy o me desvanezco, animado en general más por lo que intuyo e interpreto, por su falta de espectacularidad, que por lo que hay o crean ver quienes no son yo. Descubro apoyado en mi escritorio que cada foto no venía a ser ni más ni menos que el cuerpo de un poema, que la imagen captada los versos coloridos que había rumiado mentalmente una vez y otra, incapacitado para ponerlos por escrito. Tal vez por eso mismo, porque no había palabras que los constituyeran, sino que estaban aguardándome en su sitio, en su lugar, esperando mi paso por allí hasta llevármelos conmigo atrapados dentro de mi móvil. Así fue que empecé a ver poemas por todas partes, para colmo más que estimulantes y a los que no les faltaba más que añadirles un párrafo, un rótulo o una coronación linguística, de tal manera que aquel fragmento usurpado a mi realidad cotidiana dejara de ser una simple extracción fragmentaria, que la imagen retenida se transformara en otra cosa con el apoyo de un nuevo contexto y su significación se expandiera. Todo era posible mediante ese poderío poético que consigue convertir lo más insignificante en algo extraordinario, en insólita revelación. Esa mínima intervención o manipulación creativa empezó a resultarme una entusiasta actividad, casi obsesiva: la tergiversación, el derroche de ambigüedad, los paraísos artificiales, esa posibilidad combinatoria casi infinita, el quebrantamiento de las reglas, el juego improcedente, el malentendido, los poliedros, el trasvestismo, la transformación de lo que nos viene dado. Entonces lo que había visto y captado en un recuadro determinado y con cierto hálito estético dejaba de ser lo que era, ya no lo veía ni estaba. Yo mismo lo había reconvertido en otra realidad ajena para siempre a mi vida diaria, de cuyo transcurrir fue una vez extraído, al tiempo que vinculado a ella por esa interfaz creactiva. Eran poemas. Ahora lo son. Poemas en los que lo extraordinario no reside ni en la foto ni en el texto -en ninguno de ellos por separado- sino en la confluencia, en la fusión resultante de la una con el otro. ¿Será entonces que en lo cotidiano resida lo insólito, otra realidad en la realidad y en ésta otra aún más imprevista? Me temo que en este caso sí. Es lo que he comprobado y vengo con este libro virtual a compartir, como también que en la primera ceguera reside una visión posterior, otra ceguera más. De ahí su título, CATARATAS, como si a un simple como grave problema de vista quedara reducido todo: pasado, presente y futuro. Ahora, últimamente, leo las esquinas de la vida directamente como poemas, leo mis propios tropezones, esos que poco a poco me van alejando del mundo, de mi mundo sin sentirme, eso sí, expulsado. Pasando desapercibido, como todo lo que me ha rodeado y me rodea. Sobrando. No soy, pues, escritor sino fotógrafo... ¿O era al revés? En todo caso, NO SOMOS. Esto es lo importante. Y que podamos verlo, vernos. Y creernos, crearnos.
(ANTONIO JIMÉNEZ PAZ)

CATARATAS (Blogolibro) por Antonio Jiménez Paz se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Mi silencio también habla, escúchame.
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